miércoles, 16 de noviembre de 2016

El largo viaje de los amorreos hasta Canaán



Es posible que el solar primitivo de los israelitas fuera Mesopotamia, como sugiere la Biblia al designar a Ur como patria de Abraham, si bien ya en el siglo XX a.C. los amorreos, amorritas o amoritas en sumerio y amurru en acadio, se desplazaron hacia Occidente a unas tierras que ocho siglos más tarde tomarían el nombre de Palestina (con la llegada de los pilistim=filisteos) y donde aquéllos llevaban una vida nómada con rebaños de ganado menor. Los cultos religiosos de estos primitivos israelitas era similar al de los árabes anteriores a Mahoma, venerando al dios del padre en representación de todos los ancestros, a quien se referían como El (de donde deriva el Allah de los musulmanes).

Sabido es que la Biblia es una biblioteca o repertorio de escritos que recogen las tradiciones históricas, poéticas y religiosas del pueblo de Israel durante las dominaciones persa y helenística. No puede, por tanto, ser considerada como única fuente para reconstruir la historia del pueblo hebreo.

El Bereshit o Génesis de la Biblia relata que Yahvé se dio a conocer al patriarca Abram como su dios familiar. En una segunda visión Yahvé pacta una alianza con Abram:

17:1 Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto.
17:2 Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera.
17:3 Entonces Abram se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo:
17:4 He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes.
17:5 Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.
17:6 Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti.
17:7 Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti.
17:8 Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos.
17:9 Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones.
17:10 Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros.
17:11 Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros.

La mutilación de los prepucios, o circuncisión, formaba parte de los ritos de iniciación a la pubertad en pueblos primitivos semitas. Los israelitas elevaron esta mutilación a símbolo de su alianza con Yahvé y por tanto como mandato divino. Esta exigencia fue causa de conflictos con filisteos, griegos y romanos y finalmente provocó la separación del cristianismo del tronco del judaísmo.

Algunas de las leyendas contenidas en el Génesis proceden de la cultura mesopotámica como es el mito del diluvio universal, que se escribió por primera vez en sumerio sobre una tablilla de barro cocido encontrada en las excavaciones de Nippur y que mil años más tarde los babilonios incorporan el mito del diluvio en un poema de Gilgamesh.

Hacia mediados del segundo milenio antes de nuestra era las regiones montañosas de Canaán no proveyeron alimento suficiente para sus pobladores y estos nómadas semitas se vieron obligados a desplazarse a Egipto, donde tuvieron que aceptar unas condiciones muy onerosas en régimen de semiesclavitud (habiru, de ahí el término hebreo) como mano de obra para las grandes construcciones en el delta del Nilo. En esta penosa situación, y a mediados del siglo XIII a. C., surge la figura de un personaje misterioso que les transmite un mensaje de esperanza a cambio de renovar la alianza de Abraham con Yahvé, designado a partir de ese momento como dios de los hebreos.

Moisés reimplanta en la conciencia de los hebreos (semitas transterrados) la memoria de un dios ancestral para algunas de las tradiciones semíticas, pero enmarcada en un proceso de redención nacional ante una situación de opresión social. Y así relata el encuentro de Abraham con Yahvé en el libro del Éxodo o Shemot, de redacción tardía:

3:6 Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios.
3:7 Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias,
3:8 y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, … .



El pueblo de Israel sólo debe rendir culto a Yahvé (monolatría) pero sin rechazar explícitamente la existencia de otros dioses. Esta característica se utiliza por algunos estudiosos para rechazar la identificación de Moisés con Akhenatón, que era monoteista. Sólo después del exilio del pueblo judío la religión hebrea se convierte en monoteísta.

MAG/16.11.2016

sábado, 5 de noviembre de 2016

Los Macabeos


Tras las campañas de Alejandro Magno, las costumbres e ideas griegas se habían extendido por Palestina y estaban muy implantadas en las clases superiores de la sociedad judía. Jesús (Yeshua), que había cambiado su nombre por Jasón, lideraba este grupo. Era hermano del Sumo Sacerdote Onías III, hombre piadoso opuesto a la helenización, y a quien quería arrebatarle su puesto. 

En el año 175 a. C. después del acceso de Antíoco IV Epífanes al trono del Imperio Seléucida, Jasón fue confirmado, mediante un soborno, como Sumo Sacerdote en Jerusalén. Construyó un gimnasio y una efebía junto al Templo. Creó una Polis al estilo griego, llamada después, Antioquía, en honor al rey, abandonando las ordenanzas dadas bajo Antíoco III el Grande, que definian la organización política de los judíos según la Toráh. Tres años más tarde, Jasón fue destituido por Antíoco, y sustituido por Benjamita Melenao, hijo del administrador del Templo, que renegó totalmente del judaísmo.

En 170 a. C. Antíoco castigó un brote de rebelión saqueando el Templo y matando a muchos de los que en él se encontraban. Dos años más tarde Jerusalén fue devastada por su general Apolonio y tropas sirias ocuparon la ciudadela, Akra. A los judíos se les ordenó, bajo pena de muerte, sustituir los ritos de su religión por los paganos prescritos en todo el Imperio.

El 16 de diciembre del año 167 a. C., Antíoco profanó el Templo de Jerusalén al ofrecer la carne de un cerdo como un sacrificio a Zeus, en un ara que hizo construir sobre el altar de la ofrenda encendida. El año siguiente, Antíoco decretó que todos en Israel sacrificaran ofrendas a los dioses paganos bajo la supervisión de un representante del imperio.  

Matatías el asmoneo, un sacerdote anciano, se había mudado de Jerusalén  junto con su familia a la villa de Modín, a unos veintisiete kilómetros al noroeste de la ciudad santa, para escapar así de la idolatría de Antíoco.  Cuando los oficiales del gobernante sirio finalmente llegaron a Modín,  para forzar a la apostasía y que ofrecieran sacrificios a los ídolos, trataron de obligar a Matatías, a sus cinco hijos Juan, Simón, Judas, Eleazar y Jonatán así como a los otros habitantes de la villa a que ensamblaran un altar que ellos habían construido. En presencia de todos se acercó un judío helenizado para quemar incienso en el altar. Al verlo Matatías, no pudo contenerse y, llevado de  la ira, fue corriendo y lo degolló sobre el altar. A continuación se volvió al enviado del rey y lo mató también, destruyendo el altar.

Matatías y sus hijos huyeron a los montes, abandonando cuanto tenían en la ciudad. Entonces muchos que suspiraban por recuperar sus antiguos ritos y erradicar las costumbres paganas de su tierra, subieron también a las montañas y se organizaron en guerrilla bajo el mando de Matatías para atacar a las autoridades seléucidas. En 166 a. C. falleció Matatías pasando el mando de la guerrilla al más valiente de sus hijos, Judas, llamado Macabeo (maqqaba, martillo en hebreo) por su fogosidad contra sus enemigos. Curiosamente 700 años más tarde este apelativo se utilizó en Francia para denominar con el mismo sentido a uno de sus héroes Charles Martel.

Durante tres años, con coraje, astucia, un buen servicio de información y suerte, Judas Macabeo logró innumerables victorias frente a las tropas seléucidas, que se empeñaban en mantener sus tácticas de combate con falanges rígidas. Tras derrotar al general Apolonio en Uadi Haramia, tuvieron que enfrentarse ante el gobernador Serón a quien mataron en batalla, lo que provocó la huida a las colinas del ejército seléucida. Una tercera expedición dirigida por el nuevo gobernador Lisias y con el general Nicanor fue derrotada en la batalla de Emaús, regresando a Siria las tropas seléucidas.

Y en diciembre de 164 a. C., tras vencer al propio Lisias en Bet Zur, Judas Macabeo cercó la fortaleza de Acra, refugio de las tropas seléucidas y de los judiíos helenizantes, entrando victorioso en Jerusalén, donde purificó el Templo y restauró el culto a Yahvé. El octavo día de celebración fue el comienzo de Januká, la festividad judía de Dedicación o Luces.

Mientras tanto Antíoco IV Epifanes se hallaba en campaña contra el Imperio parto y, tras conquistar Elam y Babilonia, se enteró de las celebraciones de los judíos, decidiendo organizar una expedición punitiva para retomar Israel personalmente. Sin embargo cae enfermo y le sobreviene la muerte causada por una tuberculosis. Le sucedió su hijo Antíoco V Eupátor, quien en 162 a. C. nombra Sumo Sacerdote a Alcimo que pertenecía al partido helenizado y por tanto opuesto a los Macabeos. Un año más tarde, Alcimo es nombrado gobernador de la provincia de Judea y regresa a Antioquía. Instaura un régimen de terror que conduce a una reanudación de la guerra civil. 

Buscando protección ante el Imperio seléucido, Judas Macabeo firma en 161 a. C. un acuerdo con la República de Roma que, aunque no tuvo influencia real, le anima a presentar batalla a Alcimo, a quien derrota y fuerza a fugarse a Siria. Allí, Alcimo consigue que se forme un nuevo ejército conducido por Nicanor, como gobernador de Judea en esta ocasión, que el 9 de marzo del año 161 a. C., es vencido en la batalla de Hadassah, cerca de Beït-Horon. Durante esta batalla, Nicanor resulta muerto. Los judíos celebraron este día, el trece de Adar en el calendario judío, como “el día de Nicanor”. 

Para vengar la muerte de Nicanor los seléucidas envían desde Siria un tercer ejército de unos de 20000 soldados que planta batalla a Judas Macabeo y sus 800 hombres en Elesa. Ante la desigualdad entre ambos bandos, recomiendan a Judas Macabeo que no se enfrente a los seléucidas en esta ocasión, pero desoyendo el consejo afronta la batalla y él y muchos de sus compañeros pierden la vida en 160 a. C. Los restos de Judas Macabeo fueron enterrados junto a los de su padre en la población de Modín.

Alcimo, asegurado por una importante guarnición esta vez, es restablecido en su puesto, aunque no disfrutaría mucho tiempo de su triunfo, pues muere de una parálisis en 159 a. C..

El puñado de hombres que aún permanecían fieles a la política de Judas eligió como su líder a  su hermano Jonatán. Tuvieron que cruzar a nado el río Jordán para escapar del enemigo. En la otra orilla se le unieron más adeptos hasta constituir de nuevo un ejército que paulatinamente a lo largo de cuatro años fue conquistando terreno hasta adueñarse de Jerusalén de manera permanente, lo que desembocó en su nombramiento como Sumo Sacerdote y gobernador de Judea en 152 a. C. Jonatán firmó tratados con reinos extranjeros, provocando tensiones entre aquellos que deseaban libertad religiosa frente a poder político.  Jonatán, como hábil político, supo jugar con los conflictos dinásticos del reino seléucido en beneficio de su causa. Finalmente, le tendieron una trampa, capturándolo en 143 a. C. y asesinándolo más tarde en Baskamá, en la Transjordania un año más tarde. El poder pasó a manos de su hermano Simón Macabeo, el único hijo superviviente de Matatías.

Inmediatamente Simón se declaró favorable a Demetrio II Nicátor, rey de Siria, quien lo confirmó como Sumo Sacerdote, garantizando a los judíos la independencia política completa. En este tiempo Demetrio II y Simón pudieron recuperar Gaza. Demetrio fue hecho prisionero y no mucho después la guarnición seléucida de Jerusalén se sometió a Simón que se proclamó independiente con el título de etnarca en 140 a. C. Simón, sumo sacerdote y comandante de los ejércitos judíos, fundó la dinastía asmonea.

Las luchas civiles entre los seléucidas continuaron y el nuevo rey Antíoco VII Sidetes no aceptó la independencia virtual de Judea y envió un ejército a enfrentarse a los judíos. Simón, ya muy viejo, encargó la lucha a sus hijos Judas y Juan Hircano (después Juan Hircano I) que derrotaron al seléucida y lo expulsaron hacia el norte. Poco después, Ptolomeo, gobernador de Jericó, y yerno de Simón, en combinación con Antíoco VII Sidetes, formó una conspiración para conseguir el gobierno de Judea y en un banquete capturó a Simón, a su mujer y a sus tres hijos, Judas y Matatías y Juan Hircano. Ptolomeo ejecutó a Simón en el 134 a. C. y encerró a su viuda e hijos en fortaleza de Doch. El tercer hijo, Juan Hircano, se pudo escapar llegando a Jerusalén, donde se proclamó Sumo Sacerdote y, contando con el apoyo del pueblo, se aseguró el poder.

Después Juan Hircano cercó la fortaleza, y estuvo a punto de tomarla, pero se contuvo cuando escuchó las amenazas de Ptolomeo de arrojar a su madre y hermanos prisioneros desde lo alto de los muros si no dejaba de atacarle. Esto hizo que Juan Hircano disminuyera la presión, de modo que el sitio se prolongó y Ptolomeo aprovechó el año sabático (el séptimo año, en el cual los judíos dejaban de guerrear) para huir fuera del país, no sin antes asesinar a la madre y a los hermanos Judas y Matatías.

En 132 a. C. el monarca seléucida Antíoco VII Sidetes invadió Judea y asedió Jerusalén, que se rindió al agotarse las provisiones. Juan Hircano envió mensajeros a Antíoco pidiendo una tregua de una semana. Antíoco la concedió, e incluso envió copas de oro y plata llenas de especias, para emplearlos en los sacrificios. Finalmente Juan Hircano decidió firmar un tratado con Antíoco, ofreciendo 500 talentos de plata y rehenes, incluyendo a su propio hermano. Antíoco levantó entonces el sitio, derribó hasta los cimientos las murallas de la ciudad, y se retiró. Abriendo el sepulcro de David, Juan Hircano tomó 3.000 talentos de plata, y usó parte de esta cantidad para pagar el precio acordado.

Del 138 al 129 a. C. Juan Hircano se convirtió en un simple vasallo del rey seléucida y tuvo que participar al lado de Antíoco VII en una guerra contra los partos, en la que aquél fue derrotado y muerto en 128 a.C. Fallecido Antíoco VII, sus sucesores se enfrascaron en luchas fratricidas que les hicieron perder el control de Palestina y a los judíos hacerse independientes. 

Juan Hircano decidió también renovar el tratado que Judas Macabeo había hecho con Roma, una de cuyas cláusulas obligaba a los seléucidas a devolver a los judíos los territorios arrebatados. Fue entonces cuando Juan Hircano estableció firmemente el estado independiente de Judea, 40 años después de que Antíoco IV Epífanes aboliera su antigua constitución como estado teocrático autónomo dentro del imperio seléucida. Generaciones posteriores vieron los primeros años de independencia bajo Juan Hircano como una especie de edad de oro.

Juan Hircano aprovechó la creciente debilidad del reino seléucida para ensanchar sus territorios, pues las ciudades helenísticas quedaron desguarnecidas. Asimismo, a fin de contar con fuerzas militares competentes, alquiló mercenarios, algo que hasta entonces ningún rey o gobernante judío había hecho. Juan Hircano siguió guerreando contra los reyes seléucidas ampliando los territorios de su reino. Anexionó Samaria, parte de Jordania e Idumea, a cuyos habitantes les obligó a convertirse al judaísmo o a abandonar el país.

En 111 a. C. reinició la campaña contra los samaritanos, en vista de que insistían con mostrarse hostiles. Atacó a la ciudad de Samaria, dejando el cerco al mando de sus dos hijos Antígono y Aristóbulo I. Después de un año de asedio, la ciudad fue tomada y destruida, y sus habitantes esclavizados. Para no dejar señales de su existencia se inundó el lugar con torrentes en el 107 a. C.

Al finalizar el gobierno de Juan Hircano, el reino judío había alcanzado su máxima extensión desde la época de Salomón. Aunque Hircano nunca se proclamó rey, gobernó a través de una corte, designándose sumo sacerdote y etnarca de los judíos, y acuñó monedas con inscripciones de su título y nombre judío: “El Sumo Sacerdote Juan y la comunidad de los Judíos”, “El Sumo Sacerdote Juan, jefe de la comunidad de los Judíos”. Su alejamiento de los ideales de los primeros Macabeos le enfrentó a la facción popular, posteriormente conocida como de los fariseos, precipitando así la lucha religiosa entre facciones que fue dominante durante este período de la historia judía. 

Juan Hircano falleció después de haber gobernado 31 años a los judíos, dejando cinco hijos. Según Flavio Josefo, "Dios le encontró digno de tres de los más grandes privilegios: el gobierno de su pueblo, el sumo sacerdocio y el don de la profecía". 

Aristóbulo I, hijo y sucesor de Juan Hircano, reinó solo un año entre 104 a. C. y 103 a. C., siendo el primero en la dinastía asmonea en asumir el título real, lo que provocó gran irritación entre los jasidim, judíos ortodoxos, que entendían que los cargos de Sumo Sacerdote y Rey eran incompatibles.

En tan corto período de gobierno, Aristóbulo continuó la obra de su padre de judaizar las regiones bajo su dominio, obligó a los galileos a aceptar la fe judía; declaró la guerra a los itureos, que habitaban al noroeste del Jordán, y les arrebató una parte de su territorio, obligándoles a circuncidarse y a vivir de acuerdo a la ley de los judíos. 

Tras la muerte de Aristóbulo I en 103 a. C., su viuda la reina Salomé Alejandra quedó a cargo de la regencia y, cumpliendo la ley judía del Levirato, se casó con su cuñado que ocuparía el trono como Alejandro Janneo, tras la helenización de su verdadero nombre, Jonatán.

Alcohólico y desvariado, no supo granjearse el afecto de sus súbditos judíos, sobre todo al ejercer el cargo de sumo sacerdote de manera tal que ofendió los sentimientos de los judíos más religiosos (especialmente los fariseos). Tampoco el título de rey fue del agrado de los judíos ya que no pertenecía a la casa de David. 

Continuó la política de expansión territorial de su padre, conquistó y convirtió al judaísmo los territorios vecinos, expandiendo el reino asmoneo hasta las ciudades helenísticas de la costa mediterránea y la Transjordanias. Contó con la ayuda de Cleopatra III de Egipto, uno de cuyos oficiales era judío, Ananías de nombre. 

Pese a estas victorias, muchos judíos odiaban a Alejandro Janneo. Cuando volvió a su país y estaba a punto de sacrificar ante el altar durante la fiesta de los Tabernáculos, le echaron limones y le gritaron que descendía de cautivos y que era indigno de sacrificar. Enfurecido, empleó mercenarios extranjeros para poner fin al motín, dando muerte a 6.000 judíos; luego hizo un cerco de madera alrededor del altar y la parte del Templo en la cual solo podían entrar los sacerdotes; así tuvo alejada a la multitud.

Los insurgentes judíos, a la cabeza de los cuales se hallaban los fariseos, llamaron a Demetrio III Eucarios de Siria para que les ayudara contra Alejandro Janneo. Éste fue derrotado y todos sus mercenarios murieron en batalla. Alejandro huyó entonces a los montes, donde se le reunieron 6.000 de los judíos rebeldes, quienes conmovidos ante el espectáculo vergonzoso de quienes habían pedido la ayuda de los extranjeros, decidieron ayudar a Alejandro Janneo, que asedió entonces a sus enemigos en Bezoma, y tomó la ciudad, llevándose a sus cautivos a Jerusalén. Luego, mientras estaba celebrando con sus concubinas, crucificó cruelmente a 800 de sus enemigos, haciendo degollar delante de ellos, mientras estaban vivos aún, a sus mujeres y niños. Entre las víctimas se encontraban muchos fariseos prominentes. Esta horrible acción espantó de tal manera a los que se le habían opuesto que 8.000 huyeron de la ciudad aquella noche, viviendo en el destierro mientras reinó Alejandro. Sometidos así sus opositores de manera tan despiadada, Alejandro Janneo pudo reinar tranquilamente.

A pesar de algunos reveses (el más grave sería la derrota ante los nabateos en el año 94 a. C.,) al final de su reinado pudo vanagloriarse de haber reconquistado todo el territorio que había sido de Israel en sus grandes épocas. Pero todo ello a costa de devaluar la herencia espiritual de su pueblo.

Reposando de sus guerras Alejandro Janneo enfermó gravemente a causa de sus excesos de bebida y durante tres años le atormentó la fiebre cuartana. Pensó que podría curarla con una campaña activa, pero se fatigó excesivamente y falleció mientras sitiaba la fortaleza helenística de Ragaba, en la Transjordania (76 a. C.). En su lecho de muerte, consciente de que el reino no podría sobrevivir con disputas internas, ordenó a su esposa, la reina Salomé Alejandra, que buscara la reconciliación con los fariseos y se aliara con ellos, por cuanto ellos contaban con el apoyo popular.

Alejandro Janneo falleció a los 49 años de edad, habiendo reinado 27 años. Siguiendo los consejos de su esposo, la reina Salomé Alejandra puso bajo el dominio de los fariseos tanto el cuerpo de Alejandro Janneo como en lo tocante al reino, de modo que aquellos aplacaron su ira contra el rey difunto y lo encomiaron delante del pueblo. Se celebró un espléndido funeral. Fueron tan grandes los elogios que hicieron los fariseos, al punto que el pueblo quedó convencido y lloró a Alejandro Janneo como por ningún otro rey anterior a él.

En su lecho de agonía, Alejandro Janneo no quiso dejar el reino a ninguno de sus hijos Hircano II, el mayor, al que hizo sumo sacerdote porque era indolente e incompetente, y Aristóbulo II, al que limitó a la vida privada porque era muy impulsivo. Encargó el gobierno a Salomé Alejandra, que era querida por la multitud, porque pensaban que ella se había opuesto a las crueles medidas de su marido. Salomé Alejandra fue la última gobernante que rigió un estado judío totalmente independiente en Israel, hasta la formación del estado moderno de Israel.

Salomé Alejandra favoreció a los fariseos, la secta judía más estricta en la observancia de las leyes. Ellos se convirtieron en los verdaderos gobernantes de la nación, aunque Alejandra administró con gran sabiduría, doblando los efectivos del ejército e intimidando a los gobernantes vecinos. Los fariseos la apremiaron a que diera muerte a los que habían aconsejado a Alejandro crucificar a los 800 cabecillas fariseos, y ellos mismos comenzaron a matarlos uno por uno. Entre las víctimas se contó un tal Diógenes de Judea, prominente miembro del partido saduceo. Los perseguidos encontraron en Aristóbulo un defensor, quien persuadió a su madre que los perdonara, pero a costa de irse de Jerusalén y esparcirse por el país, recluyéndose en algunos pueblos fortificados.

Durante el reinado de Salomé Alejandra ocurrió la invasión de Tigranes II de Armenia, quien llegó con un ejército de 300.000 hombres, y puso sitio a Ptolemaida. Algún tiempo después, la reina cayó gravemente enferma, y su hijo Aristóbulo II aprovechó esta oportunidad para hacerse con el poder. Salió a escondidas de Jerusalén por la noche, reunió un ejército, ocupó 22 fortalezas en quince días y tomó la mayor parte del país. 

Salomé Alejandra murió en el 67 a. C. después de haber reinado nueve años. La sucedió su hijo Hircano II. Dejó al país al borde de la guerra civil entre sus hijos para acceder al trono, lo que favorecería la intervención de los romanos en los asuntos judíos.

Si bien es cierto que con el tiempo la dinastía Macabea llegó a ser menos noble en su propósito, los Macabeos fundaron una nación independiente que permaneció hasta el año 63 a. C., cuando el general romano Pompeyo capturó con toda facilidad Jerusalén y sometió todo el reino al dominio de Roma. Así terminaba el siglo de independencia judía bajo la dinastía asmonea y se iniciaba un período de varios siglos de dominación romana. La dinastía asmonea se mantuvo hasta el 37 a. C., cuando el idumeo Herodes el Grande se convirtió de facto en rey de Jerusalén. Han tenido que pasar dos mil años hasta que los judíos volvieran a tener un Estado independiente propio.

Los Macabeos, recordados por el pueblo hebreo en la festividad de Jánuca, son considerados héroes nacionales del pueblo de Israel y su rebelión es conmemorada religiosamente de forma anual. En la tradición cristiana, tanto en el rito romano como en el rito bizantino los hermanos Macabeos están considerados como santos mártires y su fiesta es el 1º de agosto.


MAG/05.11.2016

jueves, 27 de octubre de 2016

¿Son Akhenaton y Moisés el mismo personaje?





En la clase del pasado día 26, el profesor Abella habló de Moisés y le pregunté sobre la verosimilitud que tendría identificar, como hizo, entre otros, Sigmund Freud, a Akhenaton con Moisés. Su respuesta no se alineaba precisamente con la de Freud. Sin embargo, y a sugerencia de una compañera, y a título de curiosidad simplemente, traigo aquí una publicación más orientada a la identificación de ambos personajes, que escribí hace unos tres años en mi blog de Cultura Occidental.

El faraón Amenhotep III decidió nombrar sucesor a su hijo Amenhotep IV, en calidad de corregente. Amenhotep IV se casó con Nefertiti, y construyó tres templos al dios Atón en Tebas, junto al templo del dios Amón, en Karnak, lo que fue percibido por los sacerdotes de Amón como una afrenta al dios. La enemistad entre Amenhotep IV y los sacerdotes de Amón se convirtió en extrema, y finalmente irreconciliable. 

Tras cinco años de regencia, Amenhotep IV cambió su nombre por Akhenatón, lo que significaba que ahora se consideraba hijo de Atón y no de Amón, estableciendo una nueva capital egipcia, llamada Akhet-Atón (“lugar de descanso” u “horizonte de Atón”), en la que fue suprimido el hombre-halcón del símbolo de Atón, conservándose un disco solar. Atón se convirtió así en un dios sin imagen humana o animal, siendo el disco solar la única representación del dios invisible y eterno, Ra. He aquí una primera pista: Este mismo disco solar fue utilizado como sello real por los reyes de Judá.

Los cartuchos del dios y padre celestial de Akhenatón, Ra, dieron origen al nombre de “Imram”. Otra nueva pista la encontramos en la Biblia, donde Moisés es llamado “hijo de Amram”, equivalente hebreo de Imram.

Por otro lado, “Atón”, se transcribe al hebreo como “Adón”, (palabra que en la Biblia se traduce como “Señor”), y también “Adonai” (“mi Señor”). Este nombre es utilizado, junto con Yahvé (Yhwh), como los nombres personales de Dios. Es más, Yhwh era escrito pero nunca pronunciado. Al ser leído en voz alta, se decía “Adón”. La forma escrita de Adón es poco pero significativamente usada: cuando Moisés se dirige a Dios, usa el título Adón/Atón (Éxodo 4:10,13 – 5:22 – 34:9; Números 14:17; Deuteronomio 3:23 – 7:26 – 10:17); y cuando Josué se dirige a Dios, usa también el título Adón/Atón (Josué 5:14b – 7:7). Otra significativa relación entre la Biblia y la literatura de la XVIII Dinastía egipcia, es que el Salmo 104 de la Biblia, es simplemente una versión embellecida del Himno de Atón.

La ciudad de Akhet-Atón nunca fue reconstruida, pero hay un pueblo en el lado opuesto del Nilo, que conserva todavía el nombre de Mal-lawi (o Mallevi), que significa “La ciudad de los Levitas”.

Amenhotep III falleció en el 12 año de su corregencia, siendo Akhenatón coronado como único gobernante de Egipto. Mandó cerrar todos los templos de Amón y este nombre quedó borrado en todo Egipto. Lo que empezó como reforma religiosa, terminó en un movimiento extremista, como queda reflejado en un versículo de la Biblia: “Yo ejecutaré mi juicio contra todos los dioses de Egipto” (Éxodo 12:12).



Una violenta reacción a los cambios religiosos y políticos de Akhenaton, forzaron a éste y a su esposa a abandonar el trono. Akhenaton fue desterrado de Egipto, acompañado por sus muchos seguidores. Se trasladó a las remotas áreas del desierto de Sinai llevando consigo su bastón sagrado en forma de serpiente. Para quienes le seguían él era el monarca legítimo injustamente destronado y comenzaron a llamarle Mose, Meses o Moisés, terminación de respeto utilizada en el antiguo Egipto, como por ejemplo Ramsés significaba ‘engendrado por Ra’.

MAG/28.10.2016

sábado, 8 de octubre de 2016

Hannah Arendt




Hannah Arendt nació el 14 de octubre de 1906 en Hannover en el seno de una familia judía asimilada. Sus antepasados provenían de Königsberg (la actual ciudad rusa de Kaliningrado), a donde regresaron sus padres, Paul Arendt, un ingeniero, enfermo de sífilis, que falleció cuando Hannah tenía 7 años, y Martha Cohn, que la describió como una niña luminosa y alegre cuyo carácter cambió a raíz del fallecimiento en el mismo año de su padre y su abuelo, presidente de la comunidad judía liberal y concejal en Konigsberg, a quien estaba muy unida. Otro contrariedad, pasado cierto tiempo, fue el nuevo matrimonio de su madre. Hannah fue educada de forma liberal por su madre, de ideología socialdemócrata. Conoció el judaísmo reformista, a través de sus abuelos. No pertenecía a ninguna comunidad religiosa, pero siempre se consideró judía.

De una inteligencia precoz, a los catorce años ya había leído la ‘Crítica de la razón pura’ de Immanuel Kant y la ‘Psicología de las concepciones del mundo’ de Karl Jaspers. El estudio del griego le apasionó también. En ese año de 1923 tuvo que abandonar la escuela por problemas disciplinarios, dirigiéndose entonces sola a Berlín, donde, sin haber acabado la escolaridad, tomó clases de teología cristiana y estudió por primera vez la obra de Søren Kierkegaard. 

De vuelta a Königsberg en 1924, se presentó por libre y aprobó el examen de acceso a la universidad (Abitur). Se matriculó en la universidad de Marburgo (Hesse) y durante un año asistió a las clases de Filosofía de Martin Heidegger y de Nicolai Hartmann, así como a las de teología protestante de Rudolf Bultmann. 

Desde esta época de juventud, quien ejerció mayor influencia filosófica sobre Arendt fue Heidegger, cuya obra ‘Ser y tiempo’, dejó una huella profunda en su pensamiento, especialmente en su libro más conocido: ‘La condición humana’. Heidegger, padre de familia de 35 años, y Arendt, estudiante diecisiete años más joven que él, se enamoraron, aunque tuvieron que mantener en secreto la relación por las apariencias. Heidegger era católico, estaba casado, tenía dos hijos y, sobre todo, una reputación social que no estaba dispuesto a echar por la borda. Mantuvieron la relación sentimental con altibajos, pero la intelectual se mantuvo siempre. A comienzos de 1926 Hannah Arendt no aguantó más la situación y decidió cambiarse de universidad, trasladándose durante un semestre a la universidad Albert Ludwig en Friburgo, para estudiar con Edmund Husserl. Conoce personalmente a Jaspers, con quien mantuvo un intercambio intelectual durante toda su vida A continuación estudió Filosofía en la universidad de Heidelberg (Baden-Wurtemberg) y se doctoró en 1928 bajo la tutoría de Karl Jaspers, con la tesis ‘El concepto del amor en san Agustín’.

En Berlín se encontró en 1929 con el filósofo Günther Stern (que se llamaría más tarde Günther Anders), a quien ya había conocido en Marburgo. Poco más tarde se mudó a vivir con él, algo que estaba mal visto por la sociedad de la época, y ese mismo año se casaron, aunque Hannah y su marido tenían intereses distintos y frecuentaban círculos de amigos separados: él, más integrado en el ambiente comunista, tenía amistad con Bertolt Brecht; ella, cada vez más cerca del sionismo y de otras personalidades judías. 

Hannah Arendt obtuvo una beca de la Notgemeinschaft der Deutschen Wissenschaft (Asociación de ayuda para la ciencia alemana), tras informes positivos de Jaspers, Heidegger y Martin Dibelius. Hannah Arendt se encontraba de camino a una carrera académica normal, con cátedra en la universidad. El nazismo destruyó esos planes.

En 1932 Arendt ya pensaba huir del régimen nazi, pero se quedó en Alemania cuando su marido emigró a París en marzo de 1933 para comenzar su actividad política. Por recomendación de Kurt Blumenfeld, trabajó para una organización sionista, estudiando la persecución de los judíos, que estaba en sus comienzos. Su casa sirvió de estación de tránsito para refugiados. En julio de 1933 fue detenida durante ocho días por la Gestapo.

Pasando por Checoslovaquia, escapó a Ginebra, donde trabajó unos meses para las Naciones Unidas. Finalmente decidió trasladarse a París, donde se encontró de nuevo con su marido Günther Anders. Volvió a trabajar para una organización sionista, ayudando a jóvenes judíos a huir hacia Palestina. En 1937 el matrimonio fracasó y se divorciaron.

Ella ya había conocido en 1936 a Heinrich Blücher, un ex comunista, que se había opuesto muy pronto a la política de Stalin. En París ambos pertenecían al mismo círculo de refugiados alemanes, junto con Walter Benjamin.

En 1937 se le retiró la nacionalidad alemana. En 1939 consiguió poner a salvo a su madre, que todavía estaba en Königsberg. En enero de 1940 se casó con Heinrich Blücher.

A comienzos de ese mismo año las autoridades francesas llamaron a la mayoría de los extranjeros de origen alemán para ser deportados. Arendt, junto con muchas otras mujeres, pasó una semana en los terrenos de un velódromo de París. Seguidamente fue trasladada al campo de internamiento de Gurs hasta julio de ese mismo año, considerada como «extranjera enemiga». Tras cinco semanas de internamiento, consiguió huir de Gurs, aprovechando que la vigilancia francesa disminuyó temporalmente debido a la toma de París por la Wehrmacht y su avance hacia el sur. 

Hannah Arendt, su madre y su marido pudieron viajar a Lisboa, donde embarcaron para Nueva York a donde llegaron en mayo de 1941, gracias a la red creada por el periodista norteamericano Varian Fry, que ayudó a unos 2500 judíos escapar de Francia pagándoles el viaje a Estados Unidos con visados ilegalmente firmados por el diplomático estadounidense Hiram Bingham.

La familia vivió inicialmente en un pequeño hotel, gracias a una exigua beca que recibía de la organización de refugiados sionista. En de octubre de 1941 consiguió empleo como redactora en la revista judeo-alemana Aufbau, en Nueva York.

De 1944 a 1946 fue directora de investigación de la Conference on Jewish Relations (Conferencia de relaciones judías) y, seguidamente hasta 1949, lectora en la editorial judía Schocken. De 1949 a 1952 trabajó como gerente de la Jewish Cultural Reconstruction Corporation (JCR), la organización para el salvamento y el cuidado de la cultura judía.

El 26 de julio de 1948 murió su madre, Martha Arendt, durante el viaje a Inglaterra en el Queen Mary. Por encargo de la JCR, Hanna Arendt viajó a la República Federal Alemana en 1949-1950. Durante su estancia, se encontró, de nuevo desde 1933, con Karl Jaspers y Martin Heidegger. 

En 1951 Hannah Arendt consiguió la nacionalidad estadounidense. Arendt había sufrido mucho como apátrida, porque lo consideraba una exclusión de la sociedad humana. La ciudadanía significaba para ella «el derecho a tener derechos».

Realizó un segundo viaje a Alemania en 1952. A partir de ese momento, viajó todos los años a Europa durante unos meses, también a Israel, visitando a amigos y familiares. Las amistades tenían mucha importancia en la vida de Hannah Arendt. Además de su estrecha relación de compañerismo con su esposo, que murió en 1970, Arendt cultivó intensas amistades con, entre otros, Mary McCarthy, Kurt Blumenfeld, Uwe Johnson, pero sobre todo con Karl Jaspers y también, hasta el final, con Martin Heidegger. Esta última amistad con Martin Heidegger tenía un carácter especial; mientras que expresó varias veces de forma despectiva su opinión sobre Heidegger como persona, por ejemplo en cartas a Jaspers del 29 de septiembre de 1950 y el 26 de octubre de 1959, consideraba tanto a Jaspers como a Heidegger los dos mejores filósofos contemporáneos.

A la edad de 47 años, Hannah Arendt consiguió en 1953 una cátedra temporal en el Brooklyn College de Nueva York, en parte gracias al éxito conseguido en EE. UU. con su libro sobre el totalitarismo. En Nueva York trabajó, junto con Martin Buber y otros, para la fundación del Leo Baeck Institut, un centro de documentación e investigación de la historia de los judíos de habla alemana.

En la primavera de 1959 obtuvo durante un semestre una cátedra como profesora invitada en la prestigiosa universidad de Princeton. Fue la primera mujer en enseñar en la institución.

Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, que se había dado a conocer en EEUU con su libro ‘Los orígenes del totalitarismo’, y obviamente era una de las personas más adecuadas para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la solución final. Los artículos que la filósofa redactó acerca del juicio despertaron admiración en algunos (tanto el poeta estadounidense Robert Lowell como el filósofo alemán Karl Jaspers afirmaron que eran una obra maestra), mientras que en muchos más provocaron animadversión e ira. Cuando Arendt publicó esos reportajes en forma de libro en 1963 con el título ‘Eichmann en Jerusalén’ y subtítulo ‘Sobre la banalidad del mal’, el resentimiento no tardó en desatar una caza de brujas, organizada por varias asociaciones judías estadounidenses e israelíes.

En su libro, Arendt resaltó la rebelión de Eichmann contra las órdenes de Himmler quien, al aproximarse la derrota, recomendó un mejor trato a los judíos, mientras que Eichmann “se esforzó por hacer que la solución final lo fuera realmente”, escribió Arendt. La filósofa dibujó un minucioso retrato de Eichmann como un burgués solitario cuya vida estaba desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología nacionalsocialista y a aplicarla hasta el final. “Lo que quedó en las mentes de personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. El Eichmann de Arendt es un hombre que, engañándose y convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas acciones manifiestan su virtud
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De 1963 a 1967, Hannah Arendt fue catedrática en la universidad de Chicago y de 1967 a 1975 en la Graduate Faculty de la New School for Social Research en Nueva York.

Tras un primer infarto de miocardio en 1974, retomó sus escritos y la enseñanza y en 1975 tuvo un segundo infarto mortal en su despacho, en presencia de amigos. Las oraciones fúnebres las pronunciaron, entre otros, su viejo amigo Hans Jonas y representantes de sus alumnos

En EE.UU. la honraron con numerosos doctorados honoris causa. También en la República Federal Alemana recibió prestigiosos premios: en 1959 el Lessing-Preis der Freien und Hansestadt Hamburg y en 1967 el premio Sigmund Freud de la Academia Alemana para Lengua y Escritura en Darmstadt. En 1969 la American Academy premió su trabajo con una medalla Emerson-Thoreau. En 1975, el gobierno danés le entregó el premio Sonning por sus aportaciones a la cultura europea.

Tras la Segunda Guerra Mundial, ya instalada en Estados Unidos, Arendt se consagra a la reflexión sobre la filosofía política. Dedicó gran parte de sus textos sobre filosofía política a desmontar los totalitarismos. En especial, el nazismo, movimiento que, a su juicio, no sentaba su base en la germanidad, sino en un nacionalismo corrosivo, y que detestaba hasta el punto de calificarlo como una «patología política». En ‘Los orígenes del totalitarismo’ (1951), su obra más reconocida, sostiene que los totalitarismos se basan en la interpretación de la ley como «ley natural», visión con la que justifican la exterminación de las clases y razas teóricamente «condenadas» por la naturaleza y la historia. Otras obras suyas son ‘La condición humana’ (1958), ‘Eichmann en Jerusalén’ (1963), ‘Hombres en tiempos sombríos’ (1968), ‘Sobre la violencia’ (1970) y ‘La crisis de la república’ (1972).

El reconocimiento y el interés de Hannah Arendt por su identidad judía son más bien tardíos. En Nueva York desde el diario de lengua alemana en el que escribe pide la formación de un ejército judío para combatir el nazismo y hacer surgir, de este modo, una conciencia política en ese pueblo —el suyo— que carece de tal. En años posteriores se opone a la idea del Estado de Israel de David Ben Gurión y propone una federación binacional en la que ni los judíos ni los árabes gozarían de un estatuto mayoritario. Sin embargo, su modelo de Estado no es bien recibido y queda como una postura marginal y solitaria.


MAG/08.10.2016

Inauguración






Estimados compañeros:

Una vez más me animo a abrir, y me animan a que abra, un blog para complementar modestamente las clases magistrales sobre Libros Emblemáticos sobre la Cultura Judía Contemporánea (S. XIX y XX) que imparte nuestro profesor Manuel Abella en el Instituto de Humanidades Francesco Petrarca durante el curso 2016/2017.

Como en blogs anteriores, y en particular como en el más reciente sobre Cultura Rusa (www.ihfpculturarusa.blogspot.com),  centraré en éste mis publicaciones sobre las biografías de los autores que redactaron los libros objeto de nuestro curso y también las de aquellos personajes cuya historia contribuye a aportar una visión panorámica del entorno en que se desenvolvieron. 

El antijudaísmo desencadenado a finales del siglo XIX, y que alcanzó su máximo exponente en el pasado siglo, ha producido en el pueblo judío ejemplos de sabiduría y templanza ante la cruel adversidad cuyas vidas merecen ser conocidas y reconocidas. Este es el objetivo difícil al que aspiramos a contribuir aunque sólo lo logremos mínimamente.

Invito a que se unan a este proyecto mis compañeros con sus comentarios y publicaciones.

Gracias y cordiales saludos

Manuel Avendaño Gascón